La Paz de los paisajes Lunares


LA HABANA, Cuba, febrero, www.cubanet.org -Ciertos estudiosos cubanos de las ciencias sociales (adscritos al régimen, desde luego) aconsejan no visualizar con pesimismo el acelerado proceso de envejecimiento que hoy sufre nuestra sociedad. Defienden incluso la desternillante tesis de que tal proceso responde al gran desarrollo social que hemos alcanzado. No es posible saber si lo hacen por desidia o cinismo o ignorancia o vasallaje trepador, o quizá por todas esas cosas juntas. Tampoco es importante saberlo. Lo que importa, por grave y escandaloso, es que Cuba marcha hacia la paz de los paisajes lunares festinadamente, como quien va la esquina.

Por lo demás, menos los estudiosos de marras, todos sabemos ya que, aunque no es la única, la causaprincipal del envejecimiento de la sociedad cubana radica en que durante casi medio siglo los jóvenes se han dedicado masiva y entusiastamente a huir de la Isla, generación tras generación, votando con los pies contra el sistema, como suele decirse. También sabemos que con las nuevas leyes migratorias, este fenómeno, lejos de decrecer, tiende a incrementarse.

Sin embargo, ni para las lumbreras de nuestras ciencias sociales ni en general para casi nadie, parece ser de interés otro fenómeno tan serio como la sistemática y creciente estampida de la juventud cubana: la estampida de los ancianos.

Pueden tener razón quienes pronostican que dentro de un par de decenios nuestra población será la más envejecida del continente, por encima de Uruguay y Argentina. Pero seguramente se equivocan al calcular que en 2025 los paisanos con más de 60 años alcanzarán la cifra de 2.9 millones, o sea, 26 por ciento del total. A no ser que vayan a Miami a contarlos, pues tal y como están las cosas, es de temer que para entonces queden aquí tan pocos viejos como jóvenes. Por lo pronto, entre los 84.000 habitantes menos que se registraron en la Isla al cierre de 2012, habría que ver cuántos pertenecen a la tercera edad.

Tal vez no sea difícil calcularlo, basta con darse una vuelta por la larga cola que a diario se destrenza frente a la oficina de intereses de los Estados Unidos en La Habana. Observando esa movida, y en general con solo adentrarse un poco en las motivaciones de la emigración de cubanos hacia el norte, más concretamente hacia Miami, cae por su peso que si bien son muchos los jóvenes, en cifra que se renueva constantemente, no menos son los ancianos, y en particular las ancianas que aspiran a instalarse para siempre en la otra orilla.

Por supuesto que la gravedad en este último caso va por otro rumbo, pero no resulta menos dramática. Mientras la falta de jóvenes puede representar una severa traba para el desarrollo del país, aunque en un futuro con democracia sería siempre un problema remediable, el aluvión migratorio de las personas mayores, aun cuando constituye una derivación de la fuga de los jóvenes, representa un conflicto en sí mismo, si no más grave para la nación en términos económicos y de desarrollo material, sí en lo referido a la salud moral y espiritual. Entonces, visto desde ese ángulo, este sí podría ser un mal con trascendencia.

A nadie le quedan dudas sobre lo acertadas que son las razones de los jóvenes para abandonar Cuba. Tampoco hay dudas sobre las buenas razones que tiene el régimen para estimularlos. Ambos ganan con la escapada. ¿Pero serán estas ganancias proporcionales con las que obtienen las personas mayores? ¿A quién le preocupa verdaderamente y quién emplea su tiempo meditando en torno a las ganancias y pérdidas de la emigración para los viejos cubanos?

No hace falta pensarlo mucho para concluir que generalmente se van por seguir a sus hijos y a sus nietos. También, en la mayoría de los casos, para ocuparse allá de sus asuntos domésticos, atender a los niños, cocinar, cuidar la casa…

En la recta final de la existencia, luego de una extensa etapa de trabajo y ocupaciones diversas, y habiendo malgastado sus mejores años entre escaseces y sacrificios, estas personas se ven precisadas a dejar atrás el medio, las costumbres, la cultura, las reglas de convivencia y hasta muchos de los afectos que cultivaron a lo largo de toda su vida, para empezar otra vez de cero, luchando contra la nostalgia y los achaques. Y si bien no lo hacen con disgusto (al contrario, van muy resueltas y hasta un tanto esperanzadas, en busca de la recuperación del seno familiar que les fracturó la política), es una realidad que para ellas la aventura resulta asumida con más resignación que ilusión. Incluso, en no pocos casos se asume también como una especie de inmolación.

Debe ser escaso el número de personas mayores que emigran en todo el mundo, y más escaso aún el de quienes lo hacen por iguales motivos que los cubanos. He aquí un dato en el que tal vez no escarben -porque no los dejan o no les conviene- nuestros gárrulos doctores de las ciencias sociales. Es perfectamente entendible, por demás, que los jóvenes de allá y los viejos de acá aspiren a recomponer sus hogares perdidos, y ya que son nulas las condiciones para que lo hagan de este lado, no les queda sino hacerlo del otro. Pero ello no minimiza el carácter de grave anomalía que corresponde a este fenómeno.

Ni siquiera lo minimiza la vertical bondad con que los contribuyentes estadounidenses apoyan el reacomodo de nuestros ancianos en su tierra, facilitándoles el seguro de Medicaid que -a partir de los 65 años de edad- cubre gratuitamente sus necesidades de medicamentos y de asistencia médica y paramédica, así estipendio alimenticio de hasta 200 dólares al mes, más otros varios cientos de dólares en efectivo, más ventajas económicas para la renta de casas destinadas a inquilinos de bajos recursos. No serán condiciones materiales de vida (las que jamás pudieron obtener con su trabajo en Cuba) lo que les falte a estos ancianos. Pero les faltará algo de su esencia, o la que creyeron suya hasta el día en que un mal gobierno desvertebró su familia, y entonces tuvieron que adaptarse a vivir en el limbo, con la mente y el alma escindidas entre las dos márgenes del estrecho de la Florida.

En fin, Cuba se descuajaringa entre la fuga sistemática y perenne de sus jóvenes y el modo lamentable en que ese hecho deriva en tragedia para nuestros ancianos.

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